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miércoles, 23 de septiembre de 2026

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Bonachera - Roscos de Loja

Y ellos se ríen

Entra septiembre, se apagan las luces de la feria y Loja vuelve a lo de siempre. Y lo de siempre es un pueblo envejecido, cansado ... Leer más

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Entra septiembre, se apagan las luces de la feria y Loja vuelve a lo de siempre. Y lo de siempre es un pueblo envejecido, cansado y descuidado, con otro verano en el que solo ha crecido la lista de agravios.
La legislatura llega a su fin, y conviene hacer balance sin rencor, pero sin anestesia. El Partido Popular de Loja ha tenido algo que muy pocos tienen y casi nadie merece: una mayoría absoluta. Es decir, gobernar sin socios ni coartadas para servir al pueblo. Lo que hemos visto ha sido lo contrario: incapacidad, ruina y una dedicación asombrosa a una sola causa, la de gobernar para ellos mismos.
Mientras tanto, los vecinos aguantan. Calles destrozadas, inseguridad convertida en conversación de bar, un desempleo que no se arregla con inauguraciones y una degradación que da a barrios enteros un aire tercermundista. No es campaña de la oposición: es lo que uno ve y escucha pisando Loja y sus anejos todo el año.
Y fíjense en lo que lo explica todo: no son previsores, no ven más allá. Saben qué tramos de la red revientan cada verano y en qué anejos se queda la gente sin una gota de agua, y llega la primavera sin cambiar un metro de tubería. Con el tartán de las pistas de atletismo, igual: años levantado y sin plan. Gobernar es prever; aquí solo se corre cuando ya arde la casa.
Pero hay algo que me hiere más que todo eso. Cada vez son más los jóvenes lojeños que me dicen que no quieren quedarse aquí. No lo dicen por capricho, sino por miedo y falta de horizonte. Un pueblo que expulsa a su juventud está firmando su propia sentencia, porque los que se marchan son justo los que tenían que quedarse a sostener nuestras tradiciones, nuestra cultura y nuestra identidad. Se puede reconstruir una calle en un mes; una generación perdida no vuelve.
Ha sido una legislatura durísima. No por el sobreesfuerzo, que lo ha habido: un solo concejal llevando toda la actividad de un grupo municipal, con decenas de mociones y cuentas pedidas de expediente tras expediente. Ha sido dura por la impotencia de verlo todo estrellarse contra el mismo muro de excusas vanas y votos en contra. Y lo peor no es que rechacen, sino que se ríen. Se ríen cuando llegan vecinos hartos de meses sin agua. Se ríen cuando se les afea la gestión desde el salón de plenos. Ya no se sonrojan, ya no se ofenden, ya no disimulan. Han perdido la vergüenza, lo último que debería perder quien administra el dinero y el futuro de su pueblo.
A los que se ríen hay que recordarles algo. Loja lleva siglos levantándose de cercos, hambres y malos gobiernos, y nunca gracias a los que se reían, sino a los que aguantaban. Esa gente sigue aquí, callada y trabajando, y un día pedirá cuentas.
Y que nadie eche la culpa a la mala suerte. Lo que hoy tenemos es el resultado de años de lo mismo: socialistas rojos y socialistas azules turnándose para dejar a Loja en la decadencia. Cabecera de comarca, siempre la referencia del Poniente, y hemos pasado a la irrelevancia.
Porque las risas duran lo que dura el poder, y el poder, en democracia, siempre tiene fecha. Y que nadie lo olvide: cada día de desgobierno es un día perdido para Loja.
Loja no está condenada a que se rían de ella.

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